miércoles, 6 de junio de 2012

Capíyulo 4


Todos los viernes Lali, y tres amigas de Hammerstead Technology, donde trabajaban, se reunían después del trabajo en Ernie's, un bar restaurante de la zona, para tomar una copa de vino, cenar algo que no tuvieran que preparar ellas y charlar de cosas de chicas. Después de pasarse la semana trabajando en un ambiente dominado por hombres, necesitaban de verdad aquella conversación entre mujeres.
Hammerstead era una empresa satélite que suministraba tecnolo­gía de ordenadores a las fábricas de General Motors que había en el área de Detroit, y los ordenadores eran todavía un terreno masculino en gran medida. Además, la empresa era bastante grande, lo cual que­ría decir que el ambiente general era un poco raro, con aquella mezcla, en ocasiones incómoda, de locos de la informática que no sabían lo que significaba la frase «apropiado para la oficina» y los habituales y típicos directivos de empresa. Si Lali trabajase en alguna de las ofici­nas de investigación y desarrollo en compañía de esos locos, nadie se habría dado cuenta de que aquella mañana había llegado tarde a traba­jar. Por desgracia, ella era la encargada del departamento de nóminas, y su inmediato superior era un auténtico obseso del reloj.
Como tenía que compensar el tiempo que había trabajado de me­nos aquella mañana, llegó casi con quince minutos de retraso a Er­nie's, pero las otras tres amigas ya habían ocupado una mesa, a Dios gracias. El local se estaba llenando, tal como sucedía siempre las noches de los fines de semana, y a Lali no le gustaba esperar en la barra a tener mesa, ni siquiera cuando estaba de buen humor, lo cual no era ahora el caso.
—Menudo día —dijo al tiempo que se dejaba caer en la cuarta si­lla, que estaba vacía. Mientras daba gracias a Dios, añadió dar las gra­cias por ser viernes. Había sido un asco de día, pero era el último, por lo menos hasta el lunes siguiente.
—Dímelo a mí —murmuró María mientras apagaba un cigarrillo y se apresuraba a encender otro—. Últimamente Diego está insoporta­ble. ¿Es posible que los hombres sufran de síndrome premenstrual?
—Ellos no lo necesitan —dijo Lali, pensando en el tipejo que te­nía por vecino... un tipejo policía—. Nacen envenenados por la testosterona.
—Oh, ¿es eso lo que les pasa? —María puso los ojos en blanco—. Yo creía que era por la Cande llena o algo así. Nunca se sabe. Hoy Domínguez me ha tocado el culo.
—¿Domínguez? —repitieron las otras tres al unísono, atónitas, atra­yendo la atención de todos los que las rodeaban. Rompieron a reír, pues de todos los posibles acosadores, aquél era el menos probable.
Jaime Domínguez, de veintitrés años, era la definición personificada de tipo anodino y pirado. Era un individuo alto y desgarbado, y se movía con la gracia de una cigüeña borracha. Tenía la nuez tan promi­nente en medio de aquel cuello flaco que daba la sensación de que se hubiera tragado un limón y se le hubiera quedado atascado para siem­pre en la garganta. Su cabellera pelirroja no conocía el cepillo; en un lugar aparecía totalmente lacia y en otro le sobresalía en forma de pin­chos: un caso terminal de aspecto de recién levantado de la cama. Pero era un genio absoluto con los ordenadores, y de hecho les caía bien a todas ellas, de una forma protectora, como de hermana mayor. Era tí­mido, torpe y totalmente despistado para todo excepto los ordenado­res. En la oficina se rumoreaba que él había oído decir que existían dos sexos diferentes, pero no estaba seguro de que el rumor fuera cierto. Domínguez era la última persona de la que alguien sospecharía que toca­ra el culo a nadie.
—No me lo creo —dijo Cande.
—Te lo estás inventando —acusó Rocío
María rió con su ronca risa de fumadora y dio una larga calada al cigarrillo.
                                    
—Os juro por Dios que es verdad. Lo único que hice fue cruzar­me con él en el pasillo. Lo siguiente que recuerdo es que me agarró con las dos manos y se quedó allí sin más, sosteniéndome el trasero como si fuera una pelota de baloncesto y estuviera a punto de poner­se a hacer regates.
Aquella imagen mental las hizo reír a todas de nuevo.
—¿Y qué hiciste? —preguntó Lali.
—Pues nada —admitió María—. El problema es que Bennett es­taba mirando, el muy cabrón.
Todas gimieron. A Bennett Trotter le gustaba mucho meterse con quienes él consideraba que eran sus subordinados, y el pobre Domínguez era su blanco favorito.
—¿Qué iba a hacer? —preguntó María, sacudiendo la cabeza en un gesto negativo—. De ningún modo iba yo a proporcionarle más munición a ese gilipollas para que la usara contra ese pobrecillo. De modo que le di a Domínguez una palmadita en la mejilla y le dije algo en plan coqueto, algo así como: «No sabía que te gustara». Domínguez se puso más colorado que su propio pelo y se escabulló al servicio de ca­balleros.
—¿Qué hizo Bennett? —preguntó Cande.
—Puso un gesto de sonrisa satisfecha en la cara y dijo que de ha­ber sabido que yo estaba tan necesitada como para conformarme con Domínguez, como acto de caridad hace ya mucho que me habría ofreci­do sus servicios.
Aquello provocó una epidemia de ojos en blanco.
—Dicho de otro modo, estuvo tan cabrón como siempre —dijo Lali con asco.
Por un lado existía lo de ser políticamente correcto, y por el otro la realidad, y la realidad era que las personas eran personas. Algunos tipos con los que habían trabajado en Hammerstead eran unos asque­rosos libertinos, y aquello no iba a cambiar por mucho que se quisie­ra inculcarles sensibilidad. Sin embargo, la mayor parte de los hom­bres eran aceptables, y todo se compensaba porque algunas de las mujeres eran auténticas brujas con escoba. Lali había dejado de bus­car la perfección, en el trabajo y en todas partes. Cande opinaba que era demasiado desconfiada, pero es que Cande era la más joven del grupo y su ingenuidad se mantenía prácticamente intacta.
Aparentemente, las cuatro amigas no tenían más en común que el lugar donde trabajaban. María Del Cerro, la jefa de contabilidad, tenía cua­renta y un años, la mayor de todas. Se había casado y divorciado tres veces, y desde la última visita que hizo a los tribunales, prefería rela­ciones menos formales. Llevaba el pelo teñido de rubio platino, su hábito de fumar estaba comenzando a cobrarse su precio en el cutis, y la ropa que vestía siempre le quedaba un poquito ajustada. Le gus­taba la cerveza, los hombres poco refinados y el sexo loco, y recono­cía sentir afición por jugar a los bolos. «Soy el sueño de todo hombre», decía ella riendo. «Tengo gustos baratos dentro de un presupuesto caro.»
El novio actual de María era un tipo llamado Diego, un patán grandote y musculoso que no gustaba a ninguna de las otras tres. En privado, Lali opinaba que tenía un nombre muy apropiado, porque era denso como un ladrillo. Era diez años más joven que María, tra­bajaba sólo de vez en cuando y pasaba la mayor parte del tiempo be­biendo la cerveza de ella y viendo la televisión. Sin embargo, según María, le gustaba el sexo exactamente igual que a ella, y eso era moti­vo suficiente para aguantarlo durante un tiempo.
Cande Vetrano, la más joven, tenía veinticuatro años y era la «oc­tava maravilla» de la división de ventas. Era alta, esbelta y poseía la gracia y la dignidad de un gato. Su cutis perfecto era de un color cara­melo pálido y cremoso, tenía una voz suave y lírica, y los hombres caían como moscas a sus pies. Era, en efecto, todo lo contrario de María. María era descarada; Cande era distante y refinada. La única vez que habían visto furiosa a Cande fue cuando alguien la llamó «afroa­mericana».
—Soy americana —replicó ella, volviéndose de pronto hacia el autor del insulto—. Jamás he estado en África. Nací en California, mi padre era un alto oficial de la Marina y yo no soy de ninguna raza de nombre compuesto. Tengo herencia negra, pero también blanca. —Levantó un esbelto brazo y examinó el color del mismo—. A mí me parece que soy morena. Todos somos de un tono de moreno distinto, así que no intentes separarme.
El tipo farfulló una excusa y Cande, siendo Cande, le dedicó una gentil sonrisa y lo perdonó con tanta dulzura que él terminó pidién­dole una cita para salir. En la actualidad estaba saliendo con un defensa del equipo de fútbol de los Detroit Lions; por desgracia, se había colado por Agus Sierra, aunque todo el mundo sabía que él se rela­cionaba con otras mujeres en todas las ciudades en las que había un equipo de la NFL. Con demasiada frecuencia los ojos castaño oscu­ro de Cande mostraban una expresión afligida, pero ella se negaba a de­jarlo.
Rocío Igarzabal  trabajaba en recursos humanos, y era la más tradicio­nal de las cuatro. Era de la edad de Lali, treinta años, y llevaba nueve años casada con su novio del instituto. Ambos vivían en una agrada­ble casa de las afueras en compañía de dos gatos, un loro y un cocker spaniel. La única mancha en medio de aquella felicidad era que Rocío deseaba tener hijos y su marido Pablo, no. En su fuero interno, Lali pensaba que Rocío podría ser un poco más independiente. Aunque Pablo trabajaba como supervisor en la Chevrolet, en el turno de tres a once, y no estaba en casa, Rocío siempre estaba consultando el reloj, como si tuviera que estar en casa a determinada hora. Por lo que Lali pudo deducir, Pablo no aprobaba aquellas reuniones de los viernes por la noche. Lo único que hacían era juntarse en Ernie's y cenar, y nunca se iban más tarde de las nueve; no era precisamente que fueran de bar en bar bebiendo sin parar hasta la madrugada.
Bueno, no había nadie que tuviera una vida perfecta, pensó Lali. Ella misma no tenía grandes cosas que contar en el apartado amoroso. Estuvo comprometida en tres ocasiones, pero todavía no había ido al altar. Después de la tercera ruptura, decidió darse un descanso en cuanto a lo de salir con hombres y concentrarse en su carrera. Y allí estaba, siete años después, todavía concentrándose. Contaba con un buen historial de méritos, una cuenta bancaria saludable, y acababa de comprarse su primera casa propia, si bien no estaba disfrutando de ella tanto como había creído en un principio, con aquel cretino incon­siderado y de malas pulgas que tenía por vecino. Puede que fuera po­licía, pero de todas formas la seguía poniendo nerviosa, porque, poli­cía o no, tenía todo el aspecto de ser un tipo capaz de prender fuego a tu casa si lo pillabas con el pie torcido. Y ella lo había pillado con el pie torcido desde el día mismo en que se mudó a vivir allí.
—Esta mañana he tenido otro incidente con mi vecino —dijo Lali con un suspiro al tiempo que apoyaba los codos sobre la mesa y la barbilla entre los dedos entrelazados.
—¿Qué ha hecho esta vez? —Rocío era comprensiva porque, como todas sabían, Lali estaba atrapada y los malos vecinos bien podían amargarle a uno la existencia.
—Iba con prisa, y al dar marcha atrás choqué con el cubo de la basura. Ya sabéis lo que ocurre cuando uno va con prisas, que siempre hace cosas que si fuera más despacio no haría jamás. Esta mañana, todo salió mal. Primero, mi cubo de la basura chocó contra el del vecino, y la tapa saltó y rodó calle abajo. Ya podéis imaginaros el ruido que armó. Él salió por la puerta principal como si fuera un oso, chillando que yo era la persona más ruidosa que había conocido en su vida.
—Deberías haberle volcado el cubo de basura —dijo María, que no creía en lo de ofrecer la otra mejilla.
—Me habría detenido por alterar el orden público —replicó Lali en tono dolido—. Es policía.
—¡Qué me dices! —Todas parecían incrédulas, pero es que la descripción que Lali les había hecho del individuo, ojos enrojecidos, barba desaliñada y ropa sucia, no sonaba muy propia de un policía.
—Supongo que los polis pueden ser tan borrachos como cual­quiera —dijo Rocío un tanto dubitativa—. Más que cualquiera, diría yo.
Lali frunció el entrecejo recordando el encuentro de aquella ma­ñana.
—Ahora que lo pienso, no olía a nada. Tenía todo el aspecto de lle­var tres días borracho, pero no olía a alcohol. Mierda, no quiero pen­sar que pueda tener ese mal humor cuando ni siquiera está con resaca.
—A pagar —dijo María.
—¡Maldita sea! —exclamó Lali exasperada consigo misma. Ha­bía hecho el trato con ellas de que pagaría a cada una un cuarto de dó­lar cada vez que soltara un taco, en la suposición de que eso le pro­porcionaría un incentivo para dejar de hablar mal.
—A pagar otra vez —rió Rocío extendiendo la mano.
Gruñendo, pero teniendo cuidado de no maldecir, Lali extrajo cincuenta centavos para cada una de sus amigas. Últimamente se ase­guraba de llevar abundante cambio encima.
—Por lo menos no es más que un vecino —dijo Cande en tono consolador—. Puedes evitarlo.
—Hasta el momento no se me está dando demasiado bien —re­conoció Lali, mirando la mesa con el ceño fruncido. Entonces se irguió, decidida a no seguir permitiendo que aquel tipejo dominase su vida y sus pensamientos como los había dominado durante las dos últimas semanas—. Ya basta de hablar de él. ¿Tenéis algo interesante que contar, chicas?
Cande se mordió el labio y una sombra de aflicción cruzó su sem­blante.
—Anoche llamé a Agus, y contestó una mujer.
—Oh, mierda. —María se inclinó por encima de la mesa para aca­riciarle la mano a Cande, y Lali experimentó un fugaz sentimiento de envidia por la libertad verbal de su amiga.
El camarero escogió aquel momento para distribuir unos menús que no necesitaban porque se sabían de memoria todo lo que había. Hicieron los correspondientes pedidos, él recogió los menús sin abrir, y cuando se alejó todas se acercaron más a la mesa.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Lali. Era una experta en rom­per relaciones, así como en ser abandonada. Su segundo prometido, el muy cabrón, había esperado hasta la noche anterior a la boda, la no­che del ensayo, para decirle que no podía continuar adelante. A Lali le costó cierto tiempo superar aquello..., y no estaba dispuesta a pagar dinero por tacos que había pensado pero no había llegado a pronun­ciar en voz alta. De todos modos, ¿acaso la palabra «cabrón» era un taco? ¿Existía alguna lista oficial que ella pudiera consultar?
Cande se encogió de hombros. Estaba a punto de echarse a llorar y procuraba parecer indiferente.
—No estamos prometidos, ni siquiera nos vemos de manera ex­clusiva. No tengo ningún derecho de quejarme.
—No, pero puedes protegerte y dejar de verlo —replicó Rocío con suavidad—. ¿Merece la pena sufrir así por él?
María lanzó un resoplido.
—Ningún hombre lo merece.
—Amén —dijo Lali, pensando todavía en sus tres compromisos rotos.
Cande pellizcó nerviosamente su servilleta con sus dedos largos y esbeltos.
—Pero cuando estamos juntos, él... actúa como si le importara de verdad. Es dulce y cariñoso, y muy considerado...
—Todos lo son, hasta que consiguen lo que quieren. —María apagó su tercer cigarrillo—. Hablo por experiencia personal, como puedes comprender. Diviértete con él, pero no esperes que cambie.
—Ésa es la verdad —dijo Rocío con tristeza—. Nunca cambian. Es posible que finjan durante un tiempo, pero cuando calculan que ya te tienen enganchada y bien atada, se relajan y sale de nuevo la cara del señor Hyde.
Lali rió.                                           
—Eso parece que lo hubiera dicho yo.
—Pero sin incluir palabrotas —señaló María.
Rocío hizo un gesto con la mano como para desechar aquellas bro­mas. Cande lucía una expresión aún más desgraciada que antes.
—¿De modo que debería aguantar formar parte del rebaño, o bien dejar de verlo?
—Pues... sí.
—¡Pero no debería ser así! Si yo le importo, ¿cómo pueden inte­resarle todas esas otras mujeres?
—Oh, es fácil —repuso Lali—. La serpiente de un solo ojo care­ce de gusto.
—Cariño —dijo María dando a su voz de fumadora el tono más amable que pudo—, si estás buscando al hombre perfecto, vas a pa­sarte la vida entera desilusionada, porque no existe. Tienes que conse­guir lo mejor que puedas, pero siempre habrá problemas.
—Ya sé que no es perfecto, pero...
—Pero tú quieres que lo sea —terminó Rocío.
Lali sacudió la cabeza en un gesto negativo.
—Eso no va a suceder —anunció—. El hombre perfecto es pura ciencia ficción. Claro que nosotras tampoco somos perfectas —aña­dió—, pero la mayoría de las mujeres por lo menos lo intentan. A mí simplemente no me han funcionado las relaciones. —Calló durante unos instantes y luego dijo en tono desconsolado—: Aunque no me importaría tener un esclavo sexual.
Las otras tres estallaron en risas, incluso Cande.
—A mí tampoco me importaría —dijo María—. ¿Dónde podría conseguir uno?
—Prueba en Esclavos Sexuales, S.A. —sugirió Rocío, y todas vol­vieron a reír.
—Seguro que existe una página web —dijo Cande.
—Pues claro que existe. —Lali mostraba un semblante total­mente inexpresivo—. La tengo incluida en mi lista de Favoritos: www.esclavossexuales.com.
—No tiene más que indicar sus requisitos y podrá alquilar al hombre perfecto por horas o por días. —Rocío agitó su vaso de cerveza dejándose llevar por el entusiasmo.
—¿Un día? Seamos realistas. —Lali lanzó un silbido—. Una hora es pedir un milagro.
—Además, el hombre perfecto no existe, ¿no os acordáis? —dijo María.
—Uno de verdad, no; pero un esclavo sexual tendría que fingir ser exactamente lo que una desee, ¿no?
María no iba a ninguna parte sin su maletín de cuero. Lo abrió y extrajo de él un cuaderno y un bolígrafo que dejó de golpe sobre la mesa.
—Con toda seguridad, sí. Veamos, ¿cómo sería el hombre perfecto?
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Hola chicas, espero que hayan tenido un Miercoles decente jaja.
Mañana vuelvo con otro capítulo de El hombre perfecto.
Un besitoo(:
PD: ¡Recomienden el blog! Cuantas más personas lean mejor(:

4 comentarios:

  1. Una ronda d amigas,lógico despellejan a los hombres.Pobre Cande,la mas jovén ,lo k le falta x aprender.

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  2. Hay mas capis de esta novela no Los encuentro :)

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